4 de octubre de 2026
#317
Tesis: LOS QUE ESTAMOS EN CRISTO NO PODEMOS FOMENTAR LA QUEJA CRIOLLA QUE CONDUCE AL PESIMISMO COLECTIVO EN PUERTO RICO
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La queja criolla tiene su origen en los más de 500 años de estatus colonial que ha atravesado la isla de Puerto Rico.
Para comprender su alcance, es necesario examinar primero la fusión entre el sistema religioso institucionalizado del cristianismo niceno y el poder político del Estado. Esta alianza comenzó con el Edicto de Tesalónica el 27 de febrero del 380, promulgado por los emperadores romanos Teodosio I, Graciano y Valentiniano II.
Los académicos cristianos trinitarios mienten al afirmar que dicho edicto buscaba prohibir la práctica del paganismo en el Imperio romano. La realidad es que su verdadero propósito fue prohibir todo culto cristiano —como el arrianismo— que no estuviera alineado con la doctrina católica de la Trinidad de Dios, la cual constituye una reinterpretación gentil de la naturaleza divina influenciada por el neoplatonismo griego.
Lo que ignora la mayoría de la cristiandad trinitaria, sin importar la denominación, es que la imposición del dogma trinitario niceno dio paso a la ruptura entre la Iglesia católica y el origen hebreo del cristianismo primitivo. De este modo, mientras Jesús dijo:
Mateo 26:51-52 (RVR1960)
Pero uno de los que estaban con Jesús, extendiendo la mano, sacó su espada, e hiriendo a un siervo del sumo sacerdote, le quitó la oreja. Entonces Jesús le dijo: Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomen espada, a espada perecerán.
El Edicto de Tesalónica (380) proclamó:
«Es evidente que esta es también la religión que profesa el pontífice Dámaso, y Pedro, obispo de Alejandría, hombre de apostólica santidad; esto es, que de acuerdo con la disciplina apostólica y la doctrina evangélica, debemos creer en la divinidad una del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo con igual majestad y bajo la noción de la Santa Trinidad.
Ordenamos que aquellas personas que siguen esta norma tomen el nombre de cristianos católicos. Sin embargo, el resto, a quienes consideramos dementes e insensatos, asumirán la infamia de los dogmas heréticos, sus lugares de reunión no obtendrán el nombre de iglesias y serán castigados primeramente por la venganza divina y, después, también por el justo castigo de nuestra propia iniciativa, en consonancia con el juicio divino».
Este edicto «pagano» decretó que todo aquel que profesara la doctrina de la Santa Trinidad debía autodenominarse cristiano católico.
A partir de ese momento, el cristianismo trinitario respaldado por el Estado asumió la potestad de ejecutar el «justo castigo» por iniciativa propia, además del juicio divino, en contra de todos aquellos que no estuvieran de acuerdo con dicho decreto.
Mientras Jesús advirtió:
Mateo 10:22 (RVR1960)
Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; mas el que persevere hasta el fin, este será salvo.
Por el contrario, el sistema eclesiástico institucionalizado estableció por mandato que todo aquel que no confesara el dogma católico de la Trinidad —basado en la creencia de un Dios que existe en tres personas coiguales y coeternas, pero con distintos roles— sería considerado herético. Como consecuencia, quien negara la Trinidad se convertía en objeto de persecución y acusación.
Puerto Rico fue colonizado primeramente por el régimen español católico hasta finales del siglo XIX y, posteriormente, por el régimen estadounidense protestante evangélico hasta el día de hoy.
Siglos de dominio bajo regímenes autoritarios que han sometido a la población puertorriqueña han provocado una frustración colectiva, derivada del hecho de que las decisiones políticas y económicas cruciales se toman fuera del país.
A la par con los constantes ciclos de crisis y la profunda desconfianza hacia los partidos políticos tradicionales, los puertorriqueños han desarrollado un escudo cultural. Este consiste en presagiar lo peor que pueda suceder en la isla como mecanismo para evitar ser defraudados por el gobierno de turno, el cual responde primordialmente a los intereses de sus inversionistas electorales.
Este escudo cultural se manifiesta claramente en el desahogo criollo cotidiano. Es el tipo de conversación colectiva que surge, por ejemplo, mientras las personas esperan por las mañanas a que abran los supermercados o las oficinas de servicio, donde se resaltan las problemáticas del país bajo la firme convicción de que la situación habrá de empeorar.
Aprovechándose de esta queja criolla y del pesimismo colectivo, ciertos líderes sectarios que se identifican como evangélicos pentecostales han inculcado en el pensamiento supersticioso de la sociedad puertorriqueña una noción heredada del Edicto de Tesalónica: la idea de que la isla enfrentará un juicio divino debido a que la población se ha mostrado renuente a someterse a los diversos regímenes religiosos del país.
Ciertamente, el apóstol Pablo establece el mensaje del reino de los cielos fundamentándolo en la manifestación de la ira de Dios:
Romanos 1:18 (RVR1960)
Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad;
Este versículo establece la culpabilidad de cada ser humano ante un Dios santo que exige de su creación una obediencia perfecta.
Sin embargo, este tipo de pensamiento pesimista —basado en la expectativa de una hecatombe en la isla de Puerto Rico y adoptado por parte de la cristiandad local— se alinea perfectamente con el pesimismo cultural que permea a la sociedad puertorriqueña.
Así pues, el pensamiento pesimista de muchos cristianos nominales en la isla —quienes dan crédito a los montajes de falsos y falsas atalayas— no es más que un desahogo religioso. Esta actitud nace de la frustración y de un celo amargo ante la imposibilidad de imponer sus dogmas al resto de la sociedad.
En consecuencia, ven la idea de un desastre o hecatombe no como una tragedia, sino como un galardón divino para su comunidad, creyéndose justos por el solo hecho de defender su causa.
Por esta razón, la comunidad cristiana de la isla debe despojarse de toda frustración colectiva y cultural. El cristianismo genuino no consiste en defender un celo denominacional basado en los paradigmas que imponen los académicos religiosos, sino que es un asunto de vida o muerte: la necesidad imperiosa de justificación ante un Dios santo a quien hemos ofendido con nuestra incredulidad innata.
El problema del pecado del ser humano es, en esencia, un asunto de incredulidad. Quien muere desconfiando de que Cristo nos garantizó la vida eterna —sin que medie mérito alguno en la religión—, muere sin ser justificado.
Cada vez que cedemos al pecado, lo hacemos en abierta rebelión contra las disposiciones de la Palabra de Dios. Por lo tanto, tenemos la necesidad de arrepentirnos sinceramente, reconociendo: «No debí haber hecho tal cosa». A esto debe seguir, si es necesario, la enmienda de la falta si se cometió contra el prójimo, buscando en lo íntimo la gracia de Dios, quien en su infinita misericordia no se acuerda más de nuestras rebeliones.
La conciencia del cristiano debe estar plenamente al tanto de su propia inclinación pecaminosa, esa naturaleza que nos condena a la separación eterna. Debe comprender que la autojustificación religiosa y denominacional es la ruina del creyente, llevándolo a reconocer que nos resulta imposible agradar a Dios por méritos propios y que, por esta razón, solo podemos hallar pronto socorro mediante la fe en Cristo.
¡Cuántos cristianos en Puerto Rico se encuentran, sin saberlo, al borde de la sartén! Viven en una peligrosa indeterminación a causa de las ideas que les inculcan líderes religiosos, motivados por un celo denominacional que los empuja a desear que Dios castigue a la sociedad puertorriqueña con una hecatombe, solo porque se consideran justos a sí mismos, sentándose así en la silla de los escarnecedores.
En la silla de los escarnecedores se sientan quienes, en su soberbia, presumen ser los más aptos para agradar a Dios. Se consideran los «buenos de la película» y se atribuyen la autoridad de torcer la Palabra divina para decidir a quién ama Dios y quién merece sufrir un juicio catastrófico.
No somos merecedores, sino deudores de una salvación tan grande. Mientras líderes que se afirman pastores pierden el tiempo alineándose con políticos conservadores para imponer a la sociedad leyes punitivas —guiados por un celo religioso de tinte opresivo, al estilo del Edicto de Tesalónica del 380, que inevitablemente margina a las minorías en una democracia—, apartan al pueblo cristiano de la Gran Comisión, la cual ordena:
Marcos 16:15-18 (RVR1960)
Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado. Y estas señales seguirán a los que creen:
En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán.
¿Está la Iglesia cumpliendo con la Gran Comisión de, primero, conocer el evangelio fiel —basado en la salvación únicamente por la gracia de Dios, sin que medie el celo denominacional— para luego darlo a conocer a toda criatura?
En cambio, el sistema eclesiástico ha actuado en obediencia ciega a la lógica del Edicto de Tesalónica del 380, sometiendo al pueblo con la amenaza del castigo divino e imponiendo el criterio de una estructura que excomulga y declara apartados de la presencia de Dios a todos aquellos que no se amoldan a las reglas que impone el «dios concilio».
Debido a la manifestación de la gran apostasía —que no es más que una agenda en la cual el sistema religioso institucionalizado se rebela contra las disposiciones del evangelio del Reino de los Cielos para erigir sus propias basílicas evangélicas—, me afirmo en la doctrina del pacto de los testigos fieles en Cristo.
Esta sostiene que, cuando el sistema eclesiástico sea cortado, el SEÑOR utilizará otros medios para la evangelización de los pueblos (conforme a Apocalipsis 7, 11 y 14:6) y volverá su atención a las naciones de Israel y Judá.
Así cumplirá el juramento hecho a Abraham, Isaac y Jacob: reunir a todas las tribus y establecerlas en su tierra en paz durante el reinado milenial de Cristo.
Leamos, Jeremías 30:1-3 (RVR1960)
Palabra de Jehová que vino a Jeremías, diciendo: Así habló Jehová Dios de Israel, diciendo: Escríbete en un libro todas las palabras que te he hablado. Porque he aquí que vienen días, dice Jehová, en que haré volver a los cautivos de mi pueblo Israel y Judá, ha dicho Jehová, y los traeré a la tierra que di a sus padres, y la disfrutarán.
Ante todo esto, la pregunta inevitable es: ¿estás esperando la manifestación de una hecatombe como juicio divino para tu nación, impulsado por una mala fe religiosa que no proviene de Dios, sino del enemigo de nuestras almas?
O, por el contrario, motivado por el amor de Cristo, ¿estás proclamando la esperanza que tenemos en Él a todos los que anhelan la redención de nuestra tierra (conforme a Lucas 2:38), aun cuando no la veamos cumplirse en nuestro tiempo?
Lo cierto es que muchos grupos sectarios en la isla se aprovechan del pesimismo cultural de los puertorriqueños para ofrecer, como supuestas alternativas, estructuras de pensamiento basadas en una falsa autojustificación ante Dios. Estas se fundamentan en:
✔ Falsas profecías sobre catástrofes y juicios divinos contra Puerto Rico, acompañadas del engaño de que tales desgracias producirán un avivamiento colectivo.
✔ La ilusión de que la Iglesia traerá justicia social mediante la inserción activa de los cristianos en determinado partido político.
✔ La teología del dominio, la cual sostiene erróneamente que la Iglesia conquistará el sistema secular para establecer el Reino antes de la segunda venida de Cristo.
No faltan liderazgos inmaduros con espíritu jezabeliano que promuevan estas agendas anticristianas, ni faltan hombres al estilo de Acab que, con una marcada falta de liderazgo en sus hogares, permiten que sus familias se involucren en las diversas sectas que están devorando a Puerto Rico.
Y es que la apostasía no proviene del mundo, sino del propio sistema eclesiástico que se rebela contra las disposiciones del Reino de los Cielos.
Frente a esto, la verdadera esperanza del cristiano bíblico es que JESÚS, mediante su Santo Espíritu, nos conceda las fuerzas, la valentía y la paciencia necesarias para perseverar hasta llegar a su presencia, habiendo conducido a muchos a la fe y al conocimiento del Reino.
Un Reino donde la muerte y resurrección de Jesucristo nos capacita para participar de su naturaleza divina y disfrutar de la vida eterna como sacerdotes del santuario celestial.
Al examinar las raíces de nuestro devenir histórico, queda al descubierto que la «queja criolla» ha sido alimentada por una cultura de sometimiento que el sistema religioso ha sabido capitalizar.
El pesimismo colectivo que permea a la sociedad puertorriqueña no es un fenómeno fortuito, sino el resultado de siglos bajo regímenes autoritarios que acostumbraron al pueblo a ver su destino decidido desde afuera. Sin embargo, el mayor peligro actual no radica únicamente en la frustración política, sino en cómo el sistema eclesiástico institucionalizado ha instrumentalizado esa vulnerabilidad cultural.
Al sustituir la gracia del evangelio por el miedo a un juicio inminente y por un celo denominacional punitivo —heredado del Edicto de Tesalónica—, ciertos líderes han transformado la fe en una plataforma de dominio, manipulación y beneficio propio.
Frente a esta distorsión, el pueblo cristiano en Puerto Rico debe despojarse de la tentación de sentarse en la silla de los escarnecedores a desear la ruina de su propia tierra bajo una falsa premisa de justicia propia.
La respuesta bíblica no es el atrincheramiento en la hecatombe ni la politización de la fe, sino el retorno humilde a la Gran Comisión: proclamar la salvación por gracia, vivir en arrepentimiento sincero y perseverar como testigos fieles de Cristo.
Solo cuando la Iglesia abandone el celo sectario y abrace la esperanza verdadera, podrá ofrecer a nuestra nación una luz que no condene ni oprima, sino que transforme y redima.
Gracia y paz.
Autoría:
Apóstol Juan Calo
Yom Teruah Ministries®
La Caverna del Profeta®
Carolina, Puerto Rico
yomteruahministries@gmail.com
Ministerio De Educación Cristiana Y Apologética, (sin fines de lucro)
"Levantando el testimonio de JESUCRISTO"


