#299 25/junio/2026
*Autoría: Juan Calo de Yom Teruah Ministries®
Tema: SABÍAS QUE LA MAYORÍA DE LA CRISTIANDAD NO ENTIENDE EL CRISTIANISMO
* Compartido en mi pagina de grupo en Facebook: Esto No Te Lo Enseñaron Los Evangélicos
Las instituciones religiosas cristianas se limitan a proveer al individuo de un conocimiento superfluo. Este se reduce a hacer pensar a la persona que, por el solo hecho de haber sido convencida para participar activamente en un determinado culto, ya ha alcanzado la plenitud.
Así, el creyente pasa a vivir con la falsa expectativa de que en tal institución encontró la verdad y la salvación. Pretende, de este modo, sentirse conectado con Dios por medio de paradigmas, creencias y tradiciones eclesiásticas.
La mayoría de la cristiandad ha establecido un vínculo emocional con la religión institucionalizada, cuando en realidad, el hombre solo puede relacionarse de forma personal con Dios por medio del Espíritu Santo.
Tenemos que entender el hecho de que la Iglesia no se trata de una institución según el modelo del constantinismo. Este modelo tradicional se ve en la necesidad de un local, de pastores adiestrados y de un cuerpo organizado de dogmas que rige la vida del individuo desde que nace hasta que muere, sostenido por un sistema financiero basado en el pago de un impuesto conocido como diezmo y la colecta de ofrendas.
Además, se apoya en los símbolos de la religión según el sacerdocio del antiguo pacto: los templos, los ministros «ungidos de Dios», los altares, los aceites para ungir y la santa cena (de la cual, si usted anda en pecado, no puede participar). Es por medio de toda esta parafernalia religiosa que el prosélito se siente conectado con Dios.
Sin embargo, la Iglesia de Jesucristo se trata de una anatomía apostólica; es decir, se dedica a estudiar los diversos principios del evangelio del reino de los cielos y las diversas funciones de los órganos que componen el cuerpo de Jesucristo.
Tal como en la medicina la anatomía se encarga de estudiar todas las partes y funciones de cada órgano del cuerpo humano por separado para poder entender cómo funciona. El apóstol Pablo lo describió en 1 Corintios 12:12-27. Allí utilizó la anatomía humana para ilustrar el cuerpo de Jesucristo: cada creyente es diferente y único, pero cada uno tiene una función específica dentro de la comunidad cristiana.
Esto es todo lo contrario a la anatomía del sistema religioso institucionalizado, donde los prosélitos se limitan a consumir servicios religiosos mientras la jerarquía eclesiástica se encarga de administrar los asuntos espirituales.
Por tal razón, la escuela dominical en Occidente ha fracasado. Esto se debe a que se limita a proveer de información religiosa a los prosélitos, con la intención de que sientan la necesidad de ser continuamente guiados y ministrados en sus emociones por la institución.
Bajo este modelo, la existencia de la religión institucionalizada depende de crear una dependencia emocional en los fieles. Dicha manipulación no les permite desarrollar un pensamiento crítico y los incapacita para identificar sus funciones ministeriales. Como consecuencia, no pueden poner en práctica los diferentes dones conferidos por el Espíritu Santo para cumplir la misión apostólica: dar a conocer las buenas nuevas de salvación en Cristo y rescatar a las almas que se pierden en un mundo lleno de tinieblas.
Históricamente, muchas personas permanecen en estas denominaciones por pura costumbre, siguiendo la disciplina que imponen los pastores. Estos líderes les dicen, a menudo en forma amenazante, que es obligatorio congregarse porque, de lo contrario, pueden perder la salvación.
Hermanos, en el reino de los cielos no existen términos medios: eres salvo o no lo eres.
El término «prosélito» se refiere a una persona que ha sido convencida únicamente para unirse a una religión.
Por eso, los llamados que hacen los ministros en las campañas evangelísticas —donde apelan a testimonios emotivos para que la gente pase al frente a aceptar a Jesucristo— son en realidad un anzuelo. Con este mecanismo, las personas solo aceptan participar en un determinado culto, en lugar de experimentar una verdadera conversión.
En contraste, el ministerio del evangelista tiene la encomienda de establecer un discipulado real en un lugar determinado, tal como lo hacían el apóstol Pablo o Felipe. Su labor no es fomentar el proselitismo ni intentar convencer mediante la manipulación, sino cumplir con anunciar el evangelio: la llegada del Príncipe de las almas, quien vino al rescate de los que se encuentran en cautiverio en el reino de las tinieblas.
Fíjese que el cristianismo no consiste en imponer ciertas ideas a los que se oponen, ni en entrar en debates que solo sirven para satisfacer el egocentrismo. Por ejemplo:
Hace poco vi en YouTube el título de un debate en Latinoamérica que decía: «Cristiano vs. Transgénero». Lo curioso es que, por la foto que presentaba a los debatientes, no se podía saber quién de los dos era el transgénero. A los falsos cristianos les encanta este tipo de contenido, motivados únicamente por un falso celo moralista.
Lo mismo ocurre con los famosos debates entre supuestos cristianos y ateos, donde ambas partes terminan defendiendo el ilusorio libre albedrío del hombre. Es como si pretendieran combatir el fuego con el fuego.
A la par de este espectáculo, los jóvenes pasan por un proceso de adoctrinamiento en la escuela dominical, donde se limitan a recibir información religiosa y psicológica con el único fin de moldear su conducta externa, en lugar de propiciar un verdadero cambio en el corazón.
Una vez se gradúan de la escuela superior, al no contar con una base teológica firme en la palabra de Dios, lamentablemente muchos terminan adoptando ideologías seculares en las universidades al unirse a diferentes fraternidades. Incluso, la presión de la preparación académica los convence de adoptar una postura atea, buscando evidencias para demostrar que Dios no existe.
A propósito de esto, recuerdo que en la institución religiosa a la que yo asistía por costumbre, los ancianos se preocupaban de que las jóvenes que tocaban instrumentos de música y dirigían los devocionales se enamoraran de inconversos al entrar a la universidad y se alejaran de la congregación. Para ellos, la solución no era fortalecer su fe, sino que la institución simplemente tenía la necesidad de preparar a otros jóvenes para reemplazarlos en esos oficios.
Toda esta crisis proviene de un viejo paradigma: basar el evangelio en métodos para convertir a la gente en prosélitos. Este enfoque se originó en el movimiento evangélico liderado por el ministro estadounidense Charles Finney (1792-1875) y sus llamadas «nuevas medidas» de evangelización. Al centrarse en buscar estrategias psicológicas para convencer a las personas de participar en un culto, el sistema llevó a la masa a asumir que alguien ya era converso por el mero hecho de haber pasado al frente a aceptar a Jesucristo.
Cuando usted escucha a los evangélicos hablar del día en que se convirtieron, de cómo fulano escuchó el testimonio de zutano y cambió, o de que la gente se convierte en masa durante las campañas evangelísticas de milagros y liberaciones, nota que no entienden el evangelio del reino de los cielos. El hombre, por sí mismo, no cuenta con el poder para transformar su propia naturaleza pecaminosa.
Solamente Cristo Jesús tiene el poder de cambiar nuestros corazones de piedra en corazones de carne, tal como está escrito:
Ezequiel 36:26 (RVR1960)
«Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne».
Por lo tanto, las corrientes evangélicas, pentecostales y carismáticas nunca han comprendido de qué se trata el cambio de pacto. A sus líderes tampoco les interesa entenderlo, con tal de mantener un sincretismo de pactos; son selectivos al escoger qué exponerle a los prosélitos para sacar su propio provecho.
Es crucial entender que, mientras la institución religiosa le hace creer que la atención de Dios está puesta en los acontecimientos políticos y sociales del mundo, la realidad es otra. Lo que a Dios le importa verdaderamente es lo que ocurre dentro de su Iglesia, la cual, en estos tiempos, está experimentando la gran apostasía.
Este paradigma de convencer a los demás de posturas particulares ha llevado a los prosélitos a vivir enfrascados en disputas denominacionales. En ellas, cada cual alega tener la verdadera «sana doctrina», cuando en realidad solo defienden un celo institucional que definitivamente no proviene de Dios.
Esa obsesión por defender posturas religiosas y moralistas es la razón por la cual vemos en las redes sociales interminables debates de «cristiano vs. transexual», «cristiano vs. ateo» o «cristiano vs. brujo». Nuestro Dios nunca ha tenido la intención de convencer a los hombres de su existencia; al comienzo del libro del Génesis, simplemente la afirma de forma contundente:
Génesis 1:1 (RVR1960) «En el principio creó Dios los cielos y la tierra».
Esta afirmación eterna solamente puede ser comprendida por la fe, y Dios solo otorga esa fe a quienes eligió para salvación desde antes de la fundación del mundo.
Por lo tanto, no es cuestión de que el hombre llegue a conocer al Señor por medio de la religión, sino de que el hombre haya sido conocido por Dios desde la eternidad.
Esto contradice la narrativa común de los evangélicos, quienes afirman que una persona puede «conocer al Señor» en un momento dado al participar en un culto y que después simplemente se apartó. Ante esa falsa premisa, la Biblia es tajante:
Mateo 7:21-23 (RVR1960) «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad».
Tal como ocurre hoy en día, personas inescrupulosas se valen de la figura del fallecido evangelista Yiye Ávila con el fin de fomentar costumbres del movimiento pentecostal. Incluso fabrican predicaciones utilizando Inteligencia Artificial para clonar su voz y las suben a YouTube, todo con tal de convertir a las personas en prosélitos de este culto.
Este sistema —donde se manifiesta el supuesto «fuego pentecostal»— no es más que una tradición religiosa legalista que guarda un profundo paralelismo con el culto mariano católico. Ambos se basan en manifestaciones místicas y mensajes proféticos que advierten sobre los juicios de Dios contra la humanidad, asegurando que el mundo necesita ser consagrado por la institución y validando su autoridad mediante la supuesta manifestación de milagros en lugares considerados sagrados.
Frente a esta realidad, cabe preguntarse: ¿Cuál es la razón por la cual vemos en las redes sociales a miles de personas que comenzaron en la religión como evangélicos, pero luego se mueven con indiferencia hacia corrientes como el mesianismo, el catolicismo, la teología de la prosperidad, sectas como los testigos de Jehová, o que terminan participando activamente en la política mundana e incluso militando en el ateísmo?
La respuesta es sencilla: simplemente nunca entendieron el cristianismo. Al haber sido adoctrinados en un sistema de proselitismo y no discipulados en los fundamentos eternos del evangelio del reino de los cielos, jamás comprendieron el cambio de pacto, donde se revela que la plenitud de la salvación es únicamente por la gracia de Dios.
Nunca entendieron el perfecto amor de Dios por causa de las tradiciones eclesiásticas que repudian su Palabra y los fundamentos doctrinales que fueron rescatados por los teólogos de la Reforma Protestante. En su lugar, los ministros evangélicos inculcan un celo denominacional que lleva a los participantes de un culto a hacer de la institución su dios personal.
Hoy en día, los líderes evangélicos muestran un compulsivo deseo de controlar la sociedad. Se la pasan advirtiendo sobre supuestas agendas gubernamentales y no abandonan el tema de las vacunas, alimentando un complejo de persecución constante. Esto ocurre a pesar de que son los ministros más privilegiados que han existido en la historia. Pretenden tener control incluso sobre la vida y la muerte con tal de gobernar sus propias parcelas privadas, al punto de ordenar a sus prosélitos votar por los candidatos que ellos mismos imponen en beneficio de sus agendas personales e institucionales.
Frente a esto, debemos recordar que Dios es el Señor de las almas, de la vida y de la muerte. Por lo tanto, cuando un familiar parte de este mundo, tenemos que estar conformes con la providencia del Señor. Ese aliento de vida que solo Dios da al hombre tiene que regresar a Aquel que lo otorgó, y nadie puede pelear en contra de esa realidad eterna:
Eclesiastés 12:7 (RVR1960) «y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio».
Verdaderamente, la cristiandad no ha conocido el perfecto amor de Dios por causa de los ministros asalariados. Ellos gobiernan sobre sus propias parcelas privadas valiéndose de la imposición de disciplinas religiosas, tradiciones, supersticiones y, ahora, teorías conspirativas.
El proselitismo con el cual los ministros evangélicos, pentecostales y carismáticos pretenden controlar a sus seguidores llega al extremo de valerse de psicólogos para sugestionar sus mentes. De este modo, los llevan a pensar que el reino de los cielos se tiene que amoldar a sus caprichos con tal de que nada perturbe sus vidas tranquilas.
Así, continúan viviendo en la indiferencia, sin llegar a conocer profundamente el evangelio que nos fue revelado por nuestro Señor Jesucristo, el cual es infinitamente superior a la revelación del antiguo pacto:
Juan 8:58 (RVR1960) «Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy».
El perfecto amor se reveló en Cristo cuando el Dios eterno, quien nunca conoció el pecado y que en el pasado lo castigó con agua y fuego, se hizo carne. Él se sumergió en lo más profundo de las decepciones humanas para experimentar nuestro sufrimiento y, cuando tuvo la oportunidad de hacernos daño, no lo hizo. Al contrario, clamó al cielo, a su lugar de gloria, diciendo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».
Esta exclamación hecha por Jesús se encuentra en Lucas 23:34, en pleno cumplimiento del pasaje profético escrito en:
Isaías 53:12 (RVR1960) «Por tanto, yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos; por cuanto derramó su vida hasta la muerte, y fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores».
Tradicionalmente se cree que Jesús intercedió únicamente por aquellos que participaron en la escena histórica donde fue martirizado. Sin embargo, la realidad es que Jesús ocupó su lugar en la cruz del calvario como el único Sumo Sacerdote que puede interceder por todos nosotros, quienes —por causa de nuestros pecados— también hemos participado en su muerte.
Por otra parte, es común escuchar a evangélicos pentecostales decir la contradicción de que «estamos en la gracia, pero hay que pagar un precio», refiriéndose, por supuesto, a la obediencia ciega a las disciplinas que impone el sistema eclesiástico.
Bajo esta misma lógica, la mafia del diezmo recurre a falsos evangelistas o falsos profetas para lanzar advertencias intimidantes y manipular a la congregación, diciendo cosas como:
«El que se vaya de aquí, Dios lo va a talar».
«Si se van de este lugar adonde Dios los llamó a servirle, Satanás los está esperando afuera».
«El que no se someta va a perecer en el juicio que Dios me mostró que tiene preparado para la nación».
«El que no ha prosperado económicamente en la congregación es por su falta de fe».
Sin embargo, aun cuando Jesús podía convocar a más de doce legiones de ángeles —según Mateo 26:53— para aniquilar a la raza humana por sus rebeliones, decidió no hacerlo.
Por consiguiente, a la generación del nuevo pacto nos fue revelado el perfecto amor de Dios. Él, teniendo toda la potestad para condenar a la humanidad, prefirió entregarse a sí mismo para el rescate de muchos. Su naturaleza es incompatible con el miedo institucionalizado, tal como nos enseñan las Escrituras:
1 Juan 4:18 (RVR1960) «En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor».
Este pasaje demuestra claramente que aquel que ha sido adoctrinado con base en un falso temor religioso, nunca ha conocido el perfecto amor. Por lo tanto, jamás ha comprendido el verdadero cristianismo, sino una religión completamente vacía.
Esto se debe a que el conocimiento moral de la ley de Dios ya está impreso de forma natural en el corazón de todos los hombres, incluso en aquellos que nunca han experimentado el perfecto amor divino mediante la revelación salvadora de Jesucristo.
Incluso aquellos que afirman ser académicos ateos se dedican a escudriñar hechos históricos y a estudiar los idiomas hebreo y griego con el único fin de encontrar incongruencias para desacreditar la Biblia. Todo ese esfuerzo lo realizan para adormecer, por ellos mismos, su propia conciencia de pecado. Lo mismo ocurre con quienes defienden la imposición de la ideología de género, alegando falsamente que Dios los creó en esa condición para evadir su responsabilidad ante Él.
Por otra parte, en el folclor cristiano, la conocida frase «hay que buscar a Dios» suena muy piadosa. Sin embargo, la realidad teológica es que el hombre no puede buscar a Dios haciendo uso de su libre albedrío, porque el libre albedrío humano, corrompido por la caída, solo lo conduce a la perdición. Así lo sentencia la Escritura:
Proverbios 14:12 (RVR1960) «Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte».
Bajo esta perspectiva, así como una medicina deficiente no busca curar al paciente sino mitigar sus síntomas, la religión institucionalizada solo busca estructurar ciertos dogmas —a los que llama «sana doctrina»— para calmar temporalmente los síntomas del pecado. El laico asiste a cada culto dominical buscando simplemente anestesiar su conciencia de pecado, para luego seguir viviendo igual.
Por el contrario, el verdadero significado de la fe y del «amén» consiste en sujetarnos por completo a la revelación del reino de los cielos que Jesucristo nos trajo desde la gloria. En este nuevo pacto, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob dejó de ser inalcanzable. Ahora, por medio de Cristo, su Santo Espíritu viene a habitarnos y a conformarnos como su morada santa. De este modo, nos convertimos en el testimonio vivo del Dios eterno sobre la tierra, con la encomienda apostólica de establecer el santuario de la verdadera adoración a Dios en espíritu y en verdad.
El propósito de la primera venida de nuestro Señor Jesucristo no fue abrir un portal místico hacia el cielo por donde entran aquellos que supuestamente hicieron un buen uso de su libre albedrío y se sometieron a un sistema religioso institucionalizado.
El verdadero propósito de su venida fue triunfar allí donde el hombre había fracasado: en establecer el santuario de la verdadera adoración al Dios único y todopoderoso.
Al inaugurar el nuevo pacto —el cual dio inicio con su muerte y resurrección para confirmar un nuevo comienzo y hacer todas las cosas nuevas—, Cristo nos ungió con el Espíritu Santo. De este modo, nos dio la capacidad de constituir su santuario de adoración en espíritu y en verdad, permitiéndonos ser testigos de la gloria de Dios en la tierra.
Esta transformación ocurre en medio del fuego, cuando somos confrontados con la realidad del juicio por medio de la predicación de un ministro competente del nuevo pacto. Dicho mensaje nos conduce a clamar desesperadamente por el pronto rescate de parte de Jesucristo, separándonos del resto del mundo para la obra apostólica. Es allí donde la fe que nos fue otorgada es probada constantemente, con el fin de ser refinada como el oro:
Efesios 2:10 (RVR1960) «Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas».
El pasaje de Efesios 2:10 nos da una poderosa revelación que describe cómo fuimos elegidos desde la eternidad para llevar a cabo la misión apostólica.
Por lo tanto, como cristianos no somos el producto de una decisión humana de participar en un determinado culto. La palabra «hechura» en el texto original corresponde al término griego poiema, que es la raíz de la palabra poema; significa una obra artesanal, una obra maestra minuciosamente diseñada por el divino Creador.
Dios no improvisa según las decisiones que toma el hombre, como si reaccionara diciendo: «si el hombre hace esto, entonces yo haré aquello». Al contrario, desde la eternidad, Él ya diseñó un propósito inmutable para todos los que están en Cristo.
Todo esto es completamente opuesto a la creencia cultural de que la Iglesia consiste en que un pastor profesional o un sacerdote mantengan el control de un determinado grupo de prosélitos desde que nacen hasta que fallezcan.
En el diseño divino, la tarea de los cinco ministerios —conferidos como los dones más excelentes que Jesús ha otorgado a la Iglesia— tiene el único propósito de llevar a los escogidos para salvación al diseño original. Esto se logra mediante la revelación del propósito eterno: que la generación de Cristo establezca el santuario de la verdadera adoración en espíritu y en verdad, con el fin de que el mundo sea lleno de la gloria de Dios.
Si usted, siguiendo el proselitismo que fomentan los pastores y pastoras evangélicas, piensa que se convirtió en un prosélito con el único fin de hacer cumplir sus agendas personales, permítame decirle que se encuentra en el lugar equivocado. Es mejor que se vaya al mundo al cual pertenece, para que no sirva de tropiezo a la difusión del evangelio del reino de los cielos.
2 Pedro 2:21-22 (RVR1960) «Porque mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia, que después de haberlo conocido, volverse atrás del santo mandamiento que les fue dado. Pero les ha acontecido lo del verdadero proverbio: El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno».
En conclusión, la verdadera Iglesia no es un club religioso regido por el control de agendas humanas o proselitistas, sino el diseño eterno de un Creador soberano que nos transformó en su obra maestra para manifestar su gloria en el mundo. Quienes restan valor a este propósito divino para buscar intereses personales corren el riesgo de convertirse en tropiezo, pues los ministerios no fueron dados para retener prosélitos, sino para guiar a los escogidos hacia el establecimiento de una adoración genuina que llene la tierra de su presencia.
Gracia y paz.
Autoría:
Apóstol Juan Calo
Yom Teruah Ministries®
La Caverna del Profeta®
Carolina, Puerto Rico
yomteruahministries@gmail.com
Ministerio De Educación Cristiana Y Apologética, (sin fines de lucro)
"Levantando el testimonio de JESUCRISTO"

No hay comentarios:
Publicar un comentario